origen y fin de la orden del temple

Los Caballeros Templarios, la orden religiosa entre la cruz y la espada

Jacques de Molay fue el último Gran Maestre de la Orden del Temple, una organización nacida en el turbulento escenario de las Cruzadas, cuando un pequeño grupo de caballeros se unió bajo un voto de proteger a los peregrinos en Tierra Santa.

 

La Orden de los Templarios se formó entorno al año 1119. Siete caballeros, liderados por el noble francés de Champaña, Hugh de Payns, juraron defender a los peregrinos cristianos en Jerusalén y Tierra Santa. Para ello, se creó una hermandad que no buscaba riquezas ni tierras; en su lugar, tomaron votos de pobreza, obediencia y castidad, inspirados por las reglas  monásticas que regían a muchos religiosos de la época. Con el beneplácito del rey Balduino II de Jerusalén, se les otorgó un lugar para vivir y  operar en el monte del Templo, sobre las ruinas del antiguo Templo de Salomón. De esta ubicación derivaría su nombre: «Los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de  Salomón», o «Templarios» para abreviar.

 

Esta orden militar católica recibió el reconocimiento papal en 1129 y se mantuvieron en activo hasta que el papa Clemente V declaró oficialmente el fin de la orden el 3 de abril de 1312 tras la muerte de su último Gran Maestre, Jacques de Molay, quemado en la hoguera.

 

Aquí, podrás escuchar a Jacques de Molay narrar en primera persona cómo vivió sus últimos días.

 

El origen de los Caballeros Templarios

Esta orden, que comenzó con humildes objetivos religiosos, pronto creció hasta convertirse en una de las fuerzas más poderosas de la Edad Media. Sin embargo, tan rápido como ascendieron, su caída fue abrupta y devastadora.

 

Para comprender el nacimiento de los Templarios, es esencial retroceder a la época de las Cruzadas. Y es que a finales del siglo XI, el fervor religioso en Europa estaba en su punto álgido. Las historias de peregrinos cristianos que enfrentaban peligros en Tierra Santa, combinadas con llamadas para recuperar los lugares sagrados del dominio musulmán, llevaron a la Primera Cruzada en el 1096. Esta campaña militar, impulsada por motivos religiosos y políticos, culminó con la captura de Jerusalén en el 1099 y en el establecimiento de varios estados cruzados en Oriente Medio.

 

A pesar de la victoria cruzada, los problemas no se detuvieron. Las rutas entre los estados cruzados estaban plagadas de peligros y, a menudo, de fuerzas hostiles. Los peregrinos que viajaban desde Europa a los lugares sagrados en Jerusalén, desarmados e indefensos, enfrentaban riesgos constantes. Fue en este contexto de inseguridad y peligro que surgió la necesidad de crear grupos u ordenes dedicadas a proteger a estos peregrinos

 

Antes del surgimiento de la Orden del Temple, aparecerán en escena la Orden del Santo Sepulcro, fundada en el 1098 por Godofredo de Bouillón, con el objetivo de defender los santos lugares; la Orden de los Caballeros Hospitalarios, por su parte, tendrá un desempeño más relacionado con la defensa de los peregrinos, a través de la fundación de diferentes “hospitales” diseminados a lo largo de la ruta de peregrinación a Tierra Santa.

Mezcla de devoción monástica y el arrojo de los caballeros

caballeros de la orden del templeEn 1129, el papa Honorio II otorgó reconocimiento oficial a los templarios como Orden en el Concilio de Troyes. Originalmente vistos como una extensión del Císter, los templarios adoptaron una regla inspirada en la benedictina y la de los canónigos de San Agustín. Sin embargo, estas normas estaban diseñadas para monjes alejados del mundo secular, no para guerreros. Pronto quedó claro que la regla templaria necesitaba adaptarse a las circunstancias únicas de estos monjes-caballeros. 

 

A diferencia de los monjes tradicionales, dedicados a la oración y la contemplación, los templarios combinaban la devoción monástica con el arrojo del caballero, aunque redefiniendo el concepto de heroísmo medieval. En lugar de buscar gloria personal, los templarios debían demostrar disciplina y humildad, enfocando sus esfuerzos en el bien común.

La "guerra santa"

Bernardo de Claraval, en su obra ‘El Elogio a la nueva milicia’, escrita entre 1130 y 1135,  proporcionó una justificación moral para que los templarios lucharan y mataran en combate. Claraval criticaba la caballería laica de su tiempo, con sus torneos y vanidades, promoviendo en cambio una caballería humilde y devota, dispuesta a sacrificarlo todo  en una guerra justa contra los infieles. Así, el caballero laico se transformaba en un  ‘caballero de Cristo’, o templario.

 

Pero este nuevo rol presentaba una controversia: la fusión de la vocación religiosa con el oficio de las armas. La tradición eclesiástica prohibía derramar sangre, pero Claraval argumentaba que los templarios no cometían homicidio sino ‘malicidio’, pues luchaban contra el mal encarnado en sus enemigos. Así, los templarios traspasaron un límite establecido por la Iglesia, desacralizando la guerra y adoptando la noción de ‘guerra justa’, idea que había sido cristianizada ya por san Agustín en el siglo V. Con la reforma gregoriana en el siglo XI, la Iglesia comenzó a apoyar la idea de ‘guerra santa’, donde matar en nombre de Dios no solo dejaba de ser pecado, sino que se convertía en un acto meritorio.»

 

En el escenario de estas guerras santas, que se desplegaron a través de Oriente Medio, Europa del Este y la Península Ibérica, existía un mandato inquebrantable de los Templarios: enfrentar al enemigo sin retroceder, sin importar su número y jamás implorar clemencia a los infieles en medio del conflicto. 

 

Pronto, los Caballeros Templarios se alzaron como la élite de las fuerzas cruzadas, distinguidos por su riguroso entrenamiento, su estructura militar meticulosa y un fervor religioso inquebrantable que los impulsaba a dedicarse por completo a la causa cristiana. Expertos en el manejo de la espada, la lanza y la ballesta, y ataviados con sus icónicos mantos blancos con la cruz pátea roja de ocho puntas, se convirtieron en la columna vertebral de los ejércitos en batalla, defendiendo con maestría los flancos, la vanguardia y la retaguardia. Su imponente carga de caballería, capaz de atravesar y desmoronar las líneas enemigas, sembraba el terror, el caos y la confusión entre sus adversarios.

El aumento de poder de los Templarios: banqueros pioneros

jacques de molay, ultimo gran maestre de la orden del templeEn los dos siglos de su existencia, la Orden del Temple se transformó en un formidable propietario de tierras y custodio de un tesoro legendario. Sin embargo, su origen fue humilde, con recursos apenas suficientes para sobrevivir y cumplir su misión de proteger los caminos y peregrinos hacia Tierra Santa. Su ascenso comenzó con las primeras donaciones del rey de Jerusalén y el Patriarca de la ciudad, fundamentales para su supervivencia inicial.

 

Con el reconocimiento oficial en el Concilio de Troyes, la Orden del Temple empezó a atraer un flujo creciente de donativos, piedra angular de su futura riqueza. Estas donaciones incluían predominantemente tierras y propiedades, especialmente en zonas rurales: castillos, aldeas, campos, viñedos, praderas, bosques y más. Además, recibían donaciones monetarias y derechos sobre impuestos variados, desde oro hasta ingresos generados por peajes de puentes y tasas sobre el comercio en ciudades. En un notable giro, el Papa Inocencio II les eximiría del pago de diezmos en 1139.

 

La eficiencia y honestidad de los Templarios, rápidamente reconocidas, les valieron la confianza de grandes sumas de dinero e incluso la gestión de depósitos financieros públicos. Las «casas» Templarias, esparcidas por Europa y Tierra Santa, se convirtieron en nodos clave para el flujo de «letras de cambio», una innovación que permitía transferir fondos a larga distancia sin el riesgo de transportar físicamente metales preciosos. Estos caballeros se convirtieron así en los pioneros de la banca europea, jugando un rol crucial en el renacimiento del comercio entre los siglos XII y XIII.

 

En una sociedad donde el dinero escaseaba y la Iglesia condenaba cualquier ganancia no  obtenida por el trabajo físico, las operaciones financieras de los Templarios levantaron sospechas. Sin embargo, ellos justificaban estas actividades como una manera de  financiar la guerra santa. Esta gestión financiera llevó a la Orden a administrar cuentas  privadas y, sobre todo, los tesoros reales de diversas monarquías europeas, destacándose  el depositado por Luis VII en la casa del Temple en París.

El principio del fin de los Templarios

Ya en el siglo XIII, la Orden había sufrido un deterioro en su imagen, criticada por su avaricia y su fracaso en la defensa de los Santos Lugares. La pérdida de Acre en 1291 desencadenó un cataclismo, forzando a las órdenes militares a reinventarse. Mientras los Hospitalarios y los Teutones encontraron nuevos propósitos, los Templarios, erosionados por su fama de codicia, no pudieron hacerlo.

 

Jacques de Molay, su último gran maestre, no supo adaptarse a los nuevos tiempos. Confiando en el apoyo papal, subestimó los planes de Felipe IV de Francia, quien, impulsado por la crisis económica francesa, desencadenó una ofensiva sorpresa el viernes 13 de octubre de 1307, ordenado arrestar a todos los caballeros templarios, marcando el fin de la Orden. La confiscación del tesoro Templario por Felipe IV y el proceso iniciado en su contra culminaron en 1312 con la disolución de la Orden por  Clemente V. En 1314, el último gran maestre Templario moría en la hoguera frente a Notre Dame en París.

Fuentes:

Lewis, F. E. (2004). Historia de Los caballeros templarios. Obelisco.

Cartwright, M. (2018). Los caballeros templarios. Enciclopedia de la Historia del Mundo. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-16900/los-caballeros-templarios/